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viernes, 27 de noviembre de 2020

LEYENDA DE LOS ANDES: DE COMO REPARTIO EL DIABLO A LOS MALES POR EL MUNDO, de CIRO ALEGRÍA


Voy a contarles, y no lo olviden, porque es cosa que un cristiano debe tener bien presente, esta historia que nosotros no olvidaremos jamás y que diremos a nuestros hijos con el encargo de que la repitan a los suyos, y así continúe trasmitiéndose, y nunca se pierda.

Esto ocurrió en un tiempo en que el Diablo salió para vender males por la tierra. El hombre ya había pecado y estaba condenado, pero no había variedad de males. Entonces el Diablo, con su costal al hombro, iba por todos los caminos de la tierra vendiendo los males que llevaba empaquetados en su costal, pues los había hecho polvo.

Había polvos de todos los colores que eran los males: ahí estaban la miseria y la enfermedad, la avaricia y el odio, y la opulencia que también es mal y la ambición, que es un mal también cuando no es la debida, y he aquí que no había mal que faltara… Y entre esos paquetes había uno chiquito y con polvito blanco, que era el desaliento…

Y así es que la gente iba para comprarle y todita compraba enfermedad, miseria, avaricia y los que pensaban más compraban opulencia y también ambición… Y todo era para hacerse mal entre los mismos cristianos.

El Diablo les vendía cobrándoles buen precio, pero a aquel paquetito con polvito blanco lo miraban, mas nadie le hacía caso…

“¿Qué es, pues, eso?”, preguntaban por mera curiosidad. Y el Diablo se enojaba, pues la gente le parecía demasiado cerrada de ideas. Y cuando de casualidad o por mero capricho alguno lo quería comprar, preguntaba: “¿Cuánto?”, y el Diablo respondía:

“Tanto”. Y era pues un precio muy caro, más precio que el de toditos los paquetes, y he aquí que la gente se reía diciendo que por ese paquetito tan chico y que no era tan gran mal no estaba bien que cobrara tanto, insultando también al Diablo diciéndole que era muy Diablo por quererlos engañar así… Y el Diablo tenía cólera y también se reía viendo como no pensaba la gente…

Y es así que vendió todos los males, pero nadie le quiso comprar aquel paquetito, porque era chiquitito y el desaliento no era gran mal. Y el Diablo decía: “Con éste, todos; sin éste, ni uno”.

Y la gente más se reía, pensando que el Diablo se había vuelto zonzo. Y he aquí que sólo quedó aquel paquetito, por el que no daban ni un cobre…

Entonces el Diablo, con más cólera todavía y riéndose con la misma de un Diablo, dijo: “Esta es la mía”, y echó al viento aquel polvo para que se fuera por todo el mundo.

Desde entonces, todos los males fueron peores, por ese mal que voló por los aires y enfermó a todos los hombres. Sólo, pues, hay que reparar, nada más, para darse cuenta… Si es afortunado y poderoso, pero cae desalentado por la vida, nada le vale y el vicio lo empuña… Si es humilde y pobre, entonces el desaliento lo pierde más rápido todavía… Así fue como el Diablo hizo mal a toda la tierra, pues sin el desaliento ningún mal podría pescar a un hombre…

Es así como está en el mundo, donde algunos más, donde otros menos; siempre nos llega y nadie puede ser bueno de verdad, pues no puede resistir, como es debido, la lucha fuerte del alma y el cuerpo que es la vida…

Niños del mundo: que el desaliento no empuñe nunca vuestro corazón.



FIN


© Ciro Alegría © Fundación Editorial el perro y la rana, 2006
Espasa Calpe, Madrid, 1983

¸¸.•*¨♥ ☆.¸¸.★.¸¸.•´¯`•


Las fábulas y leyendas de esta antología de Ciro Alegría pertenecen a varios de sus libros: El sol de los jaguares (cuentos), La serpiente de oro (novela), Los perros hambrientos (novela) y El mundo es ancho y ajeno (novela).


¸¸.•*¨♥ ☆.¸¸.★.¸¸.•´¯`•

Ciro Alegría nació en la hacienda Quilca, Provincia de Sánchez Carrión, Departamento de La Libertad, Perú el 4 de noviembre de 1909 y realizó sus primeros estudios en Cajamarca y en la Universidad nacional de la ciudad de Trujillo, cerca de la costa. Fue alumno de César Vallejo.
Hizo incursiones en el periodismo, en los diarios "El Norte" y "La Industria" de Trujillo.
Desde muy joven intervino en actividades políticas y en defensa de los indígenas y de las clases sociales más explotadas.
Fue uno de los más importantes representantes de la literatura indigenista americana.
En 1934. En esta etapa se dedicó de lleno a la literatura y escribió páginas significativas de su literatura, obtuvo varios premios por sus novelas, otorgados por editoriales chilenas, por la editorial Farrar & Rinehart Company de EEUU y otros.
Vivió durante varios años en Estados Unidos, Puerto Rico y Cuba; y regresó en 1957 al Perú.
Después de su novela premiada, "El mundo es ancho y ajeno" (1941), no tuvo una gran producción, salvo algunos cuentos y relatos.
Fue miembro de la Academia peruana de la lengua en 1960, y posteriormente Presidente de la Asociación Nacional de Escritores y Artistas.
Falleció en Lima en 1967.
Sus obras:
La serpiente del oro (1925) Los perros hambrientos (1938) El mundo es ancho y ajeno (1941) Duelo de caballeros (1962)

Fuente: Bibliotecas Virtuales

¸¸.•*¨♥ ☆.¸¸.★.¸¸.•´¯`•

 

jueves, 26 de noviembre de 2020

Leyenda africana

 


Dicen que dicen que un día, Mulukú el Dios de una tribu africana, tuvo ganas de estar acompañado.

Entonces cavó un gran pozo en la tierra con sus manos y del pozo salió un hombre.

Cavó otro pozo y salió una mujer.

Les dio muy buena tierra para cultivar, herramientas para trabajar y semillas de mijo para sembrar.

Y les explicó:

–Para vivir bien tendrán que construirse una casa sólida. Les enseñaré a trabajar la tierra para sembrar y así tendrán comida.

–Bueno, bueno– dijeron a coro el hombre y la mujer, y se fueron.

Al tiempo Mulukú volvió a visitarlos y se encontró con que el lugar estaba vacío. No había casa.

No había tierra sembrada, se habían comido las semillas de mijo y las herramientas estaban tiradas por ahí.

Desilusionado se sentó en una piedra a pensar.

Pensó y pensó hasta que decidió llamar al mono y a la mona.

Les dijo lo mismo que al hombre y a la mujer y les dio tierra, mijo y herramientas.

Al tiempo Mulukú volvió. Los monos habían construido una casita de ramas y barro, tenían un hermoso sembrado verde y de una olla que hervía sobre el fuego, salía un riquísimo olor a comida.

Entonces les sacó las colas a los monos y les dijo:

–“Conviértanse en hombres”.

Se fue a la selva a buscar al hombre y a la mujer que estaban cazando mariposas entre las ramas, les puso las colas de los monos y les dijo:

–“Conviértanse en monos”.

Y colorín colorado esto se cuenta en África que ha pasado.


Fin ✿◕‿◕✿


“Leyenda africana” - Versión de Laura Roldán
Del libro “La marca del garbanzo”, Altea, 2007

Ilustración: ©Anthony Browne

jueves, 29 de octubre de 2020

LEYENDA DEL OTOÑO Y EL LORO (SELKNAM-TIERRA DEL FUEGO), de Graciela Repún



En Tierra del Fuego, en la tribu sélknam había un joven indio llamado Kamshout al que le gustaba hablar.

Le gustaba tanto, que cuando no tenía nada que decir –y eso era muy notable porque siempre encontraba tema– repetía las últimas palabras que escuchaba de boca de otro.

–Me duele la panza –le contaba un amigo.

–Claro, la panza –repetía Kamshout.

–Miremos este maravilloso cielo estrellado en silencio –le sugería una amiga.

–Sí, es cierto. Mirémoslo en silencio. ¡Es verdad! ¡Está hermoso!

Y es mucho más lindo así, cuando uno lo mira con la boca cerrada, ¿no es cierto? –respondía Kamshout.

–¡No quiero escuchar una palabra más! –gritaba, de vez en cuando, el malhumorado cacique–. ¡En esta tribu hay indios que hablan demasiado!


–Una palabra más; ¡demasiado!... –repetía Kamshout.

Por su charlatanería, toda la tribu sintió su ausencia cuando un día, como todo joven, tuvo que partir.

–Kamshout se ha ido a cumplir con los ritos de iniciación –comentaba alguno.

–¡Lo sé! –respondía otro–. Ahora puedo oír cantar a los pájaros.

–Yo escucho mis pensamientos –decía alguien más.

–Yo, el ruido de mi estómago –decía otra.

–Yo lo extraño –decía una. Pero enmudecía inmediatamente, ante las miradas de reprobación de los demás.

Y pasó el tiempo. Tiempo de silencio y también de soledad.

Y Kamshout regresó.

Y las aves al verlo emigraron porque, ¿para qué cantar donde nadie puede escucharte?

Kamshout regresó maravillado. No podía olvidar su viaje y repetía a quien quisiese oírle (pero más a quien no) que en el Norte, los árboles cambian el color de sus hojas.

Les hablaba de primaveras y otoños.

De hojas verdes, frescas, secándose lentamente hasta quedar doradas y crujientes.

(Y los que lo oían imaginaban, tal vez, un pan recién sacado del fuego.)

De árboles desnudos.

(Y los que lo escuchaban se horrorizaban de semejante desfachatez. ¡Si sólo andaban desnudos animales y hombres!)

De paisajes dorados, amarillos y rojos.

(Y los obligados oyentes miraban sus pinturas para poder imaginar mejor.)

De caminos hechos de hojas que crujían, coloreadas de dorado, amarillo y rojo, provenientes de árboles que se desnudaban.

¡Y semejante falsedad cerraba todas las posibilidades de imaginación!

Porque era demasiado esa combinación de sensaciones y de mentiras.

Ya en la tribu, todos creían que Kamshout estaba inventando un poco.

¿Qué era esa tontería de decir que los árboles no tienen hojas eternamente verdes?

¿Qué quería decir “otoño”?

¿Quién iba a tragarse el cuento de que los árboles pierden su follaje y luego les brota otro nuevo?

El descreimiento general enojó a Kamshout.

Lo enojó muchísimo. Muchísimo.

Lo hizo poner colorado de odio, le salieron canas verdes.

Desesperado por convencerlos de que decía la verdad, Kamshout contó lo mismo infinitas veces, sin parar.

Día y noche, sin parar. Segundo tras segundo, sin parar. Hasta que sus palabras se fueron encimando unas con otras y se convirtieron en un extraño sonido.

La tribu trataba de esquivarlo.

Por hacerse los que no lo veían, por jugar a ignorarlo, no vieron, en serio, su prodigiosa transformación: Kamshout se convirtió en un loro gordo.

Recién lo notaron cuando escucharon que les hablaba desde los árboles.

¡Era él! ¡Ese pájaro era él!

No había duda. Era su voz, que ahora sólo decía: kerrhprrh, kerrhprrh... hasta el cansancio.

Kamshout volaba sobre las hojas, y al rozarlas, las teñía del color de sus plumas.

De pronto, una hoja cayó.

Corrieron a verla, a levantarla. La palparon y la volvieron a dejar en el suelo. Entonces, la pisaron.

La hoja, matizada de dorado, amarillo, rojo, crujió bajo sus pies.

–¡Es verdad! –dijeron–. ¡Todo era verdad! ¡Kamshout no nos mintió!

Pero Kamshout no respondió. Se había ido muy lejos. Dicen que acompañado por su amiga y enamorada.

La tribu quedó más en silencio que nunca.

Recién en la primavera, cuando las hojas volvieron a cubrir las ramas erizadas de frío de los árboles desfachatadamente desnudos, volvió Kamshout, acompañado de su compañera y de sus hijos.

Eso dicen algunos.

Otros dicen que los que vinieron eran sólo un grupo de loros haciendo kerrhprrh sin cesar desde las copas de los árboles.





FIN


✫¨´`'*°☆

Vocabulario: kerrhprrh: loro; grito de esa ave.

✫¨´`'*°☆

GRACIELA REPÚN: Escritora argentina nacida en Buenos Aires, ha publicado cuentos, obras de teatro, poesía, biografías, libros de leyendas y novelas. Es coordinadora de talleres de escritura y entre sus numerosas obras se encuentran El mar está lleno de sirenas, Lo scopro, Tolkien para principiantes, Ojo al piojo con estos colmos, ¿Quién está detrás de esa casa?, El príncipe Medafiaca, y Familias. Recopila leyendas y poesías tradicionales para la Biblioteca Imaginaria.

✫¨´`'*°☆

“Leyenda del otoño y el loro” de Graciela Repún. En Leyendas Argentinas. Grupo Editorial Norma. 2001. © Graciela Repún © Editorial Norma S.A.
Ilustraciones: Mónica Pironio

✫¨´`'*°☆

 

martes, 27 de octubre de 2020

LEYENDA DEL HUECO DEL DIABLO, de LAURA DEVETACH


Cuentan que el diablo estaba harto de navegar encerrado en una botella. Pero esperaba que se le diera la buena porque sabía que siempre que llovió, escampó.

Y así fue. Un día la botella se hizo pedazos en una roca y el diablo salió como loco haciendo tumbacabezas.

Enseguida se puso a buscar un buen lugar para vivir. Era pretencioso y haragán, quería verlo todo desde arriba y que lo transportaran, lo cuidaran.

Cuando vio pasar a la hermosa muchacha, no dudó más. Se le prendió como un abrojo en el pelo. Imposible de desenredar. Se acomodó muy contento sobre la espalda y así andaba, de patas cruzadas.

Criticaba todo lo que veía, decía groserías a los demás y se tiraba pedos con el mayor desparpajo.

La muchacha vivía llena de rabia y de vergüenza, sin poder sacárselo de encima. Trató de ocultarlo, de esconderse, de parar el planeta, pero todo fue inútil.

El diablo le comía la comida, le enturbiaba el agua y se le metía en los sueños.

Entonces la muchacha decidió hacer huelga de soledad. Se recluyó durante mucho tiempo dispuesta a no comer ni hacer nada de nada.


El diablo se las vio feas porque si había algo insoportable para él era el hambre. Tuvo tanta hambre que le crujía el estómago y, berreando lastimeramente, se lo contó a la muchacha.

Le contó que tenía un hueco en el estómago. Un hueco que le dolía mucho.

—Ay Ay Ay —dijo ella—. Veremos qué se puede hacer.

Y se puso a pensar durante un rato largo.

—Hay que vomitar —dijo por fin—. Vomitá, vamos.

El diablo se puso los dedos en la garganta con temor. Entre arcadas, vomitó sobre la tierra.

Ella miró con gesto de asco y vio que había vomitado el hueco. Era un círculo hondo, muy hondo, la boca de una bolsa sin final. La pura oscuridad.

Miró al diablo. Estaba pálido, pero daba ínfimas señales de reponerse con celeridad de diablo.

Ella pensó que no había tiempo que perder.

Venciendo el miedo se asomó al hueco y miró muy interesada. —Así debe ser estar ciego —se dijo aturdida por lo oscuro.

El aturdimiento le dio la idea. Miró al diablo de reojos.

—Oh —gritó, fingiendo sorpresa.

—¿Qué? —preguntó el diablo, inquieto.

—Hay... se ve...

Su voz temblaba y sintió que la tensión la hacía balancearse en el borde. Pero bien valía la pena el riesgo.

—Nunca me imaginé —siguió diciendo mientras se inclinaba hacia el hueco—. Nunca, nunca me imaginé que vería esto.

—¿Qué? —dijo el diablo inquieto—. ¿Qué ves en mi hueco? —y se precipitó hacia el borde como queriendo proteger todo lo que allí existía.

Entonces ella se plantó sobre la tierra y con las palmas de las manos ensanchadas para que no le fallaran, dio un golpe firme sobre el diablo y lo perdió para siempre.

El llanto le surgió a borbotones y sin permiso, salpicó al hueco. Y la tierra volvió a quedar áspera y tersa como de costumbre.



FIN ✿◕‿◕✿


Extraído, del libro Se me pianta un lagrimón / Pobre mariposa (Buenos Aires, Ediciones del Cronopio Azul, 1994. Colección Frente y dorso)


 

martes, 4 de agosto de 2020

LEYENDA DEL OTOÑO Y EL LORO


LEYENDA DEL OTOÑO Y EL LORO (Sélknam - Tierra del Fuego), de Graciela Repún


rrh sin cesar desde las copas de los árboles.
En Tierra del Fuego, en la tribu sélknam había un joven indio llamado Kamshout al que le gustaba hablar.

Le gustaba tanto, que cuando no tenía nada que decir –y eso era muy notable porque siempre encontraba tema– repetía las últimas palabras que escuchaba de boca de otro.

–Me duele la panza –le contaba un amigo.

–Claro, la panza –repetía Kamshout.

–Miremos este maravilloso cielo estrellado en silencio –le sugería una amiga.

–Sí, es cierto. Mirémoslo en silencio. ¡Es verdad! ¡Está hermoso!

Y es mucho más lindo así, cuando uno lo mira con la boca cerrada, ¿no es cierto? –respondía Kamshout.

–¡No quiero escuchar una palabra más! –gritaba, de vez en cuando, el malhumorado cacique–. ¡En esta tribu hay indios que hablan demasiado!

–Una palabra más; ¡demasiado!... –repetía Kamshout.

Por su charlatanería, toda la tribu sintió su ausencia cuando un día, como todo joven, tuvo que partir.

–Kamshout se ha ido a cumplir con los ritos de iniciación –comentaba alguno.

–¡Lo sé! –respondía otro–. Ahora puedo oír cantar a los pájaros.

–Yo escucho mis pensamientos –decía alguien más.

–Yo, el ruido de mi estómago –decía otra.

–Yo lo extraño –decía una. Pero enmudecía inmediatamente, ante las miradas de reprobación de los demás.

Y pasó el tiempo. Tiempo de silencio y también de soledad.

Y Kamshout regresó.

Y las aves al verlo emigraron porque, ¿para qué cantar donde nadie puede escucharte?

Kamshout regresó maravillado. No podía olvidar su viaje y repetía a quien quisiese oírle (pero más a quien no) que en el Norte, los árboles cambian el color de sus hojas.

Les hablaba de primaveras y otoños.

De hojas verdes, frescas, secándose lentamente hasta quedar doradas y crujientes.

(Y los que lo oían imaginaban, tal vez, un pan recién sacado del fuego.)

De árboles desnudos.

(Y los que lo escuchaban se horrorizaban de semejante desfachatez. ¡Si sólo andaban desnudos animales y hombres!)

De paisajes dorados, amarillos y rojos.

(Y los obligados oyentes miraban sus pinturas para poder imaginar mejor.)

De caminos hechos de hojas que crujían, coloreadas de dorado, amarillo y rojo, provenientes de árboles que se desnudaban.

¡Y semejante falsedad cerraba todas las posibilidades de imaginación!

Porque era demasiado esa combinación de sensaciones y de mentiras.

Ya en la tribu, todos creían que Kamshout estaba inventando un poco.

¿Qué era esa tontería de decir que los árboles no tienen hojas eternamente verdes?

¿Qué quería decir “otoño”?

¿Quién iba a tragarse el cuento de que los árboles pierden su follaje y luego les brota otro nuevo?

El descreimiento general enojó a Kamshout.

Lo enojó muchísimo. Muchísimo.

Lo hizo poner colorado de odio, le salieron canas verdes.

Desesperado por convencerlos de que decía la verdad, Kamshout contó lo mismo infinitas veces, sin parar.

Día y noche, sin parar. Segundo tras segundo, sin parar. Hasta que sus palabras se fueron encimando unas con otras y se convirtieron en un extraño sonido.

La tribu trataba de esquivarlo.

Por hacerse los que no lo veían, por jugar a ignorarlo, no vieron, en serio, su prodigiosa transformación: Kamshout se convirtió en un loro gordo.

Recién lo notaron cuando escucharon que les hablaba desde los árboles.

¡Era él! ¡Ese pájaro era él!

No había duda. Era su voz, que ahora sólo decía: kerrhprrh, kerrhprrh... hasta el cansancio.

Kamshout volaba sobre las hojas, y al rozarlas, las teñía del color de sus plumas.

De pronto, una hoja cayó.

Corrieron a verla, a levantarla. La palparon y la volvieron a dejar en el suelo. Entonces, la pisaron.

La hoja, matizada de dorado, amarillo, rojo, crujió bajo sus pies.

–¡Es verdad! –dijeron–. ¡Todo era verdad! ¡Kamshout no nos mintió!

Pero Kamshout no respondió. Se había ido muy lejos. Dicen que acompañado por su amiga y enamorada.

La tribu quedó más en silencio que nunca.

Recién en la primavera, cuando las hojas volvieron a cubrir las ramas erizadas de frío de los árboles desfachatadamente desnudos, volvió Kamshout, acompañado de su compañera y de sus hijos.

Eso dicen algunos.

Otros dicen que los que vinieron eran sólo un grupo de loros haciendo kerrhp


FIN

martes, 23 de junio de 2020

El baile del oso hormiguero

Leyenda: El baile del oso hormiguero, Liliana Cinetto

(Historia inspirada en la tradición de los guaraníes de la Argentina)

Qué calor hacía aquella tarde... El sol parecía puro fuego brillando implacable sobre la selva misionera. Ni un ruido se escuchaba porque todos, bichos grandes y bichos chicos, se acurrucaban a esa hora en un rinconcito fresco a la sombra o dormían la siesta a pata suelta. Bueno, todos todos, no. Aunque no era buena hora para andar caminando, un muchacho guaraní se había alejado de la tribu y buscaba frutos silvestres. Llevaba un bastón de caña con el que apartaba las lianas y las malezas, con el que golpeaba los troncos caídos y las ramas gruesas para espantar a los animales salvajes.

Nunca pensó que al cruzar un claro, al ladito nomás del río, se iba a encontrar frente a frente con un tamanduá, el oso comedor de hormigas. Grandote era el tamanduá. Venía con la cabeza gacha olisqueando y rascando el suelo con su hocico alargado y sus garras largas y afiladas.

Cuando lo vio aparecer ¡ay, qué susto! el chico gritó. El tamanduá también se asustó, claro. Y no gritó, pero se paró sobre sus patas traseras y gruñó un poquito. Más miedo daba así. Por eso el chico levantó su bastón de caña y lo revoleó para acá. Seguramente el tamanduá pensó que iba a darle un golpe.


Para esquivarlo, se movió para allá. Enseguidita el chico volvió a revolear su bastón de caña, esta vez para el otro lado hacia la derecha. Y el tamanduá ya convencido de que quería golpearlo, lo esquivó moviéndose hacia la izquierda. El muchacho entonces dio un paso al frente. Y el tamanduá retrocedió. Pero después avanzó y fue el muchacho el que se fue para atrás. Y para acá, para allá, a un lado y al otro, a la izquierda, a la derecha, adelante y hacia atrás, uno golpeaba con el bastón y el otro esquivaba los golpes. Estuvieron así un rato largo hasta que el tamanduá se cansó y después de gruñir dos veces, se perdió en la espesura.

El muchacho tuvo que esperar hasta que el corazón dejara de latirle fuerte en el pecho. Y después corrió hacia la tribu.

¡Al verlo llegar agitado y tembloroso, los demás quisieron saber qué le había pasado. Y el muchacho les contó:

—Yo daba un golpe hacia acá ¡patapum! y el tamanduá saltaba hacia, allá ¡patapam!... —y mientras contaba el muchacho trataba de imitar los movimientos del oso hormiguero y los suyos desplazándose hacia la derecha y hacia la izquierda, adelante y atrás, a un lado y a otro...


Los que escuchaban querían parecer serios. Pero era tan gracioso ver al chico salta que te salta que no podían aguantar la risa.

—¿Cómo hacía el tamanduá? —le preguntó uno.

—Así —le explicó el muchacho.

Y el otro trató de repetir los pasos moviéndose ¡patapum! Hacia la derecha y ¡patapam!... hacia la izquierda, ¡patapum! adelante y ¡patapam!... atrás, ¡patapum! A un lado y ¡patapam!... a otro.

Al principio se oyeron carcajadas, sin embargo, al rato, toda la tribu ensayaba esa loca coreografía al ritmo del ¡patapum! ¡patapam! Tanto se divirtieron ese día que volvieron a hacerla al anochecer y en cada fiesta de casamiento y los días que celebraban algo y de a poco le fueron agregando más pasos: un giro, una media vuelta, un balanceo... Y a alguno se le ocurrió acompañar la danza con una calabaza llena de semillas o golpeando un tronco hueco o soplando en una caña...

Así dicen los guaraníes que nació el baile y la música, gracias al tamanduá, que quiso esquivar los golpes moviéndose ¡patapum!... para acá y ¡patapam!... para allá.





La ballena y otros Mitos y Leyendas
Liliana Cinetto
Colección Historias de aquí y de allá
Editorial Albatros.


Una colección que nos trae, de aquí y de allá, historias antiquísimas: mitos, leyendas y fábulas que no pierden su vigencia y su encanto, y siguen deleitando a los niños como lo hicieran hace muchísimos años cuando fueron contadas por primera vez. Recreadas por Liliana Cinetto, con el humor que caracteriza su escritura.



Los mitos nos cuentan cómo surgieron los seres y las cosas allá, en el tiempo de los comienzos. Protagonizados por dioses y seres sobrenaturales en los que creía cada pueblo, se consideraban historias sagradas y verdaderas. Apoyándose en antiguos mitos, las leyendas relatan hechos sorprendentes o maravillosos y a veces incluso acontecimientos históricos, más cercanos en el tiempo con una finalidad recreativa. Relatos bellos, llenos de colorido, inolvidables. Reconocerlos no es sencillo. Disfrutarlos, sí.

miércoles, 20 de mayo de 2020

Mitos... fábulas... o leyendas?

Hola!
Vamos a recordar qué es cada cosa... forman parte de los subgéneros literarios, todos ellos forman parte del género Narrativo, al igual que el cuento y la novela.
Vemos el video de Aula 365?


Cuento: "Pata de dinosaurio" Autora Liliana Cinetto

EN EL NIDO DE MAMÁ PATA APARECIÓ UN HUEVO GRANDOTE, RARO, DE COLOR GRIS… —SEGURO ES UN HUEVO DE CISNE —DIJO MAMÁ PATA, QUE CONOCÍA DE ME...