viernes, 31 de julio de 2020

Pepe Pelayo

Pepe Pelayo 
Biografía


Nació en Matanzas, Cuba (1952) y reside en Chile desde 1991. Es escritor, comediante, guionista, director escénico, especialista en humor e ingeniero civil. Es miembro de la Sociedad Internacional de Estudios del Humor Luso-Hispano. Ha obtenido varios premios en concursos internacionales por su obra. Fue fundador y director de la reconocida compañía La Seña del Humor en su país natal. Actualmente imparte talleres sobre Crecimiento Personal y Trabajo Educativo a través del Humor. También realiza su programa de Motivación a la Lectura.



Web de Pepe Pelayo
www.pepepelayo.com

jueves, 30 de julio de 2020

La Caperucítala

Cuento: La Caperucítala, de Pepe Pelayo

Erase una vez una niña llamada Caperucítala, a la cual se le han hecho cientos de versiones de su cuento. Sin embargo, ella no conocía ninguna porque odiaba leer.

Caperucítala era más linda que Miss Viejo Mundo 1795. Pero tenía un carácter muy fuerte, una habilidad fuera de lo común para los deportes, y por si fuera poco, era una experta en artes
físico-culturistas y en artes marciales.

Un día la madre le pidió que fuera a casa de su abuelita que se encontraba enferma, y le llevara mermelada de plátano con chirimoya. Caperucítala se alegró mucho -de ir, no de tener a la abuelita enferma-, y abrigándose bien por el intenso frío que había, partió rauda.



La anciana vivía a dos cuadras de su casa. Pero la niña, para entretenerse un poco, tomó el camino más largo, pasando por un bosque que estaba a tres kilómetros. Corrió, corrió y corrió, hasta que se puso roja.

Una vez internada en el espeso bosque de eucaliptus, robles, pinos, ébanos, helechos gigantes, varios maceteros con plantas ornamentales y un bonsai, se le apareció un lobo grande, astuto y más malo que un troll, un ogro y un orco juntos. Venía vestido de traje azul marino y corbata roja, llevaba un portafolio negro en la mano y con cara de yo no fui. En fin, la típica imagen de un ejecutivo serio y supuestamente respetable.



—Buenas. ¿Cómo te llamas, niña?

—A ti no te importa —le respondió dulcemente Caperucítala.

—Mira, yo soy Inspector de la Superintendencia de Bosques y Zanjas y estamos haciendo una encuesta. ¿Puedo hacerte unas preguntas?

—No.

—Pero, fíjate, podrás participar en un sorteo y ganarte una semana de vacaciones en un hotel de tiempo compartido...

—¡Córtala, Lobo! ¡Déjate de tonterías, que yo sé quién eres!

El animal se molestó, pero no le quedó más remedio que marcharse con el portafolio y el rabo entre las patas. Él quería darse un banquete con la niña, pero le parecía poca cantidad de comida. Estaba interesado en averiguar a dónde se dirigía ella, y con quién se encontraría para aumentar el festín. Como no lo pudo saber en su primer intento, se le ocurrió seguirla y averiguarlo.

Para no levantar sospechas, primero se disfrazó de ciruelo. Así, caminaba a hurtadillas detrás de Caperucítala. Sin embargo, ésta se dio cuenta y le apretó con fuerza la nariz, comentando en voz alta que aquella ciruela estaba verde aún.



Pero como Lobo era más persistente y molestoso que una mosca en la cara de un animador de televisión, continuó con sus enmascaramientos. Se disfrazó de pingüino, de señal de tránsito. Más tarde de inodoro, pero siempre la niña –de una u otra manera- lo descubría.

Cuando llegaron al final del camino, por detrás de la casa de la abuelita, Caperucítala se puso a recoger sandías silvestres, colocándolas en su canastita de mimbre.



Habría que ser muy estúpido para no darse cuenta a dónde iba finalmente la niña, y como el lobo no lo era, porque había hecho un diplomado, un magíster y un doctorado en una universidad muy prestigiosa, aprovechó el momento para entrar en la casa por la puerta trasera.

Rápidamente, adobó a la abuelita con sal, pimienta, mayonesa y cilantro, y de un tirón se comió completa a la pobre viejita, que se revolvía en el estómago del lobo sin comprender lo sucedido.



Enseguida, éste se puso el camisón, el gorro de dormir y se metió en la cama.

Cuando Caperucítala llegó a la habitación, se detuvo extrañada. “Sé que la abuelita no se baña hace como tres días por su enfermedad, pero ni así puede tener este mal olor. Creo que por aquí hay lobo encerrado”, pensó con viveza la niña. Al acercarse a la cama lo comprobó.



—¿No me vas a preguntar qué ojos más grandes yo tengo? —le dijo el animal.

—Me imagino que los tienes así porque te asustaste mucho al verme con este cuchillo en mi cesta.

—¿Y no te interesa saber por qué tengo una boca tan grande?

—¡Por favor, Lobo! ¡Esas cosas son para niños chicos! ¿A quién vas a engañar? —le respondió Caperucítala con un gesto de desdén.

El lobo, enojado, no esperó más. Dando un salto, vociferó con furia:

—¡Caperucítala Rójula!

—¡Eres un Lóbulo! ¡Un animábulo Ferózulo! —le devolvió el grito la niña.

Entonces el lobo trató de atrapar a la niña. Pero Caperucítala le colocó un palo dentro de la boca impidiéndole que la cerrara.



Después, le propinó varios golpes de karate en el tórax. Acto seguido saltó y caminó con agilidad por la pared y el techo, descendiendo por detrás del lobo, mientras le lanzaba tres patadas, que hicieron caer al animal. Una vez en el piso, la niña le amarró las patas a la espalda. Entonces, con el cuchillo, le abrió el estómago y rescató a su abuelita.

Mientras la anciana se bañaba para quitarse de encima los jugos gástricos del lobo, Caperucítala le cosió la herida al animal, no sin antes sacarle toda la piel del cuerpo.

—Ahora te vas de aquí y dentro de tres días pasa por la oficina de objetos extraviados del guardabosque, llena una planilla y recoge tu piel.

El lobo huyó de allí, corriendo a toda velocidad. Corrió tan rápido, pero tan rápido, que si se hubiera puesto a darle vueltas a un árbol, fácilmente se hubiera podido morder él mismo su oreja por detrás.

Así, Caperucítala y su abuela, sus padres, hermanos y hasta un primo lejano, hijo de una tía segunda, casada con el guardabosque, fueron muy felices...



Bueno, en realidad Caperucítala, así de momento, no fue tan feliz como los demás, porque a partir de lo sucedido, entrenó y desarrolló tanto su cuerpo, que se le engarrotaron todos los músculos. Entonces, obligada por el reposo, se preocupó por desarrollar más su mente. Leyó miles de libros, entre ellos las versiones que se le han hecho a su cuento -incluyendo ésta, por supuesto.

Cuando creció, Caperucítala Roja se casó con un príncipe azul y tuvieron hijos violetas.


FIN


Autor: Pepe Pelayo.
Ilustraciones: Alex Pelayo.
Editorial: SM Chile, 2015 / Alfaguara Chile, 2004 - 2014
Comercializado en Costa Rica, Panamá y Nicaragua por Alfaguara, 2012 - 2014



Tema:
La Parodia: alternativa divertida para conocer los Cuentos Clásicos Infantiles.

En cada parodia: motivar a leer!!!

miércoles, 29 de julio de 2020

LA BRUXA

HOLA CHICOS!!!
LES GUSTA LA SELECCION DE CUENTOS CON BRUJAS QUE HEMOS TRAIDO ESTE AÑO? ESPERAMOS QUE SI!!!!!
HOY, QUEREMOS CONTARLES UNA HISTORIA ROMÁNTICA... UNA BRUJA QUE BUSCA NOVIO!!!! VEMOS EL VIDEO de Pedro Solís?



martes, 28 de julio de 2020

HANSEL Y GRETEL, de los hermanos Grimm

HOLA!!!
ESTA VEZ, VAMOS A ESCUCHAR UN CUENTO QUE, SEGURAMENTE CONOCEN MUY BIEN TUS PADRES Y ABUELOS.
SI ESTÁS CON ALGUNO DE ELLOS AL MIRAR ESTA HISTORIA, PODÉS PREGUNTARLES SI LO RECUERDAN:



lunes, 27 de julio de 2020

Discurso del oso

"Discurso del oso" de Julio Cortázar
 
Ilustraciones de Emilio Urberuaga.
Barcelona, Libros del Zorro Rojo/Buenos Aires, Editorial Alfaguara, 2009. de Julio Cortázar por Marcela Carranza

“Yo vi siempre el mundo de una manera distinta, sentí siempre, que entre dos cosas que parecen perfectamente delimitadas y separadas, hay intersticios por los cuales, para mí al menos, pasaba, se colaba, un elemento, que no podía explicarse con leyes, que no podía explicarse con lógica, que no podía explicarse con la inteligencia razonante.”
Julio Cortázar

Si es posible escribir y leer las instrucciones para subir una escalera; para matar hormigas en Roma; o para llorar. Si un pelo puede ser perdido adrede en una cañería (previo hacerle un nudo para diferenciarlo del resto) para luego ser buscado por todo el sistema de desagüe de la ciudad. Si una familia es asidua visitante de los velorios de difuntos desconocidos (actividad que desempeñan con afán profesional). Si en casa de Jacinto hay un sillón para morirse que divierte macabramente a los niños y espanta a los mayores. Espejos en la Isla de Pascua que atrasan y adelantan. Excitantes metamorfosis de un diario. Gotas que se resisten a caer y gotas que se suicidan… Y ni hablemos de las historias de los cronopios, los famas y las esperanzas. Entonces no puede sorprendernos que una de esas historias delirantes se transforme en un libro para niños. Cortázar juega y ríe, y crea textos que parecen destinados a horadar toda clasificación; también, por qué no, las que se empeñan en poner edades a los lectores.

Pero la cuestión parece aún más sorprendente, porque “Discurso del oso” fue una historia escrita para niños por Cortázar en 1952 que recién diez años más tarde integraría su libro Historias de cronopios y de famas. De este modo un texto escrito para niños pasó a ser lectura de los adultos y cincuenta y seis años después “regresa” a su destinatario infantil original en esta edición con ilustraciones de Emilio Urberuaga.

Hablar de un libro ilustrado con texto de Cortázar invita a recordar otra obra del autor: Silvalandia (Buenos Aires, Editorial Argonauta, 1984). En este librito, difícil de conseguir hoy en las librerías argentinas, los textos cortazarianos dialogan con los dibujos de su amigo y tocayo: Julio Silva, autor por otra parte de la portada de Historias de cronopios y de famas.

Si las criaturas de Silvalandia son coloridas y se divierten, también sin duda se divierten los artistas que las inventaron, con sus nombres y sus acciones, y se divierten quienes las miran y las leen. El lector convocado por ambos artistas es alguien “que franqueará sonriendo la frontera de Silvalandia donde los aduaneros son azules y no miran nunca las maletas, solamente los ojos y los labios”

¿Cómo puede describirse Discurso del oso si no es en ese afán de divertirse, de pasarla bien y divertir a otros que parece recorrer buena parte de la obra de Cortázar?

El oso de Urberuaga es un oso rojo, intenso, recortado sobre un brillante fondo amarillo. Un oso que se afirma despreocupado y juguetón en su naturaleza imposible, onírica. Los colores contrastan, transmiten vitalidad y dinamismo; como el personaje del texto, gozoso habitante de las escondidas tuberías de una casa.





Si desde la primera frase el personaje se define a sí mismo como el oso de los caños de la casa, también es sin duda el oso de este libro a partir de las ilustraciones, ya que lo vemos transitar por el corte de página de la portada y apenas asomar su cabeza, enfrentado a otros dos personajes: un gato negro y un ratón blanco, sus compañeros de correrías, en la página de los créditos.




“Soy el oso de los caños de la casa,…” Ya sabemos quién es, no hay nada que preguntar ni objetar. Los osos al parecer anidan en las cañerías, como habitan bosques y regiones polares. He aquí, incluso la explicación a esos misteriosos ruidos que por las noches agitan a quienes pretenden dormir en sus camas. Extraña y tierna metáfora surgida de la realidad más cotidiana y prosaica. Si los caños se ocultan en las paredes, un oso puede habitarlos y contemplar desde allí el mundo de las personas. La realidad no es sólo lo que queremos ver, hay en ella grietas que podemos descubrir, o lo que es mejor aún, dejarnos descubrir por ellas.

El oso que transita, contempla, disfruta y acaricia, no es sino un pequeño paréntesis que se abre en la rutina para dar lugar a la belleza, el misterio y el goce.

Siempre la misma casa, los mismos personajes que repiten sus rituales: la muchacha del tercero que grita que se ha quemado, pero no, es el oso que ha sacado su pata por la canilla. La cocinera Guillermina que se queja de que el aire tira mal, pero es el oso que gruñe a la altura del horno del segundo y los matrimonios que se agitan en sus camas y deploran la instalación de las tuberías. Si la repetición brinda lugar a la monotonía, también puede invitar al juego y la poesía. El discurso del oso que juega, también en el lenguaje.

Las ilustraciones de Urberuaga transmiten muy bien esa entrega al goce, al disfrute del oso, ágil, alegre, curioso que resbala por los caños, sube, baja, desafía las leyes de gravedad. Juego y sensualidad en el oso que contempla con paradójica lástima a esos seres tan torpes y grandes que no pueden andar por los caños.




La grandísima alegría de nadar en la cisterna picoteada de estrellas, una de las imágenes más sensoriales del texto, tiene su correlato en la ilustración, donde el rojo intenso del oso se sumerge en el azul del agua y del cielo salpicado por luces nocturnas.

La transformación del texto de Cortázar en un libro con imágenes permite además un efecto de lectura de lo más interesante. La frase extiende sus pausas en la contemplación de las ilustraciones a doble página y en ese necesario movimiento de dar vuelta la hoja. La lectura se torna morosa, detenida. De este modo la prosa poética de Cortázar se acentúa en el ritmo de lectura propio del libro de imágenes, aumentando el disfrute del lector. Como quien se deja acariciar sensualmente por imágenes y palabras.


 Infantozzi Materiales :: El discurso del oso

viernes, 24 de julio de 2020

"Instrucciones para subir una escalera" de Julio Cortázar

"Instrucciones para subir una escalera" 

(Historias de Cronopios y de famas)  Autor: Julio Cortázar


Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se sitúa un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.
Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).
Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso. 

Julio Cortázar "Historias de Cronopios y de Famas" 1962 (con ...

jueves, 23 de julio de 2020

Graciela Cabal.

Datos biográficos de: Graciela Cabal
 
La escritora Graciela Beatriz Cabal, autora de más de cincuenta libros para niños, jóvenes y adultos, nació en Buenos Aires, el 11 de noviembre de 1939. Es maestra normal y egresada en Letras de la Universidad Nacional de Buenos Aires. Está casada, tiene tres hijos y dos nietos.
Su actividad editorial se inició en el Centro Editor de América Latina, donde fue Secretaria de Redacción de varias colecciones, entre ellas: Nueva Enciclopedia del Mundo Joven; Capítulo, Historia de la Literatura Argentina y Los Grandes Poetas.
Trabajó en el cuidado de ediciones críticas de autores argentinos, la investigación periodística y realizó actividades relacionadas con el teatro y la televisión, destacándose la elaboración de guiones televisivos para programas del ciclo Argentina Secreta, y otros trabajos y seminarios sobre televisión y guiones en distintas provincias y ciudades del interior del país.
Coordinó talleres de la Dirección Nacional del Libro en los programas "Leer es crecer" y "Los autores visitan la escuela", y en los talleres de lectura "Vamos a leer juntos", "Las mujeres y la escritura", "Buenos Aires a Libro Abierto", "Contemos la Navidad" y otros de la Dirección General de Biblioteca Municipales.
A través de la Secretaría de Cultura de la Nación, de Universidades y Secretarías de Cultura de las provincias realizó numerosos viajes para dictar conferencias, seminarios y talleres y participar en mensas redondas con escritores, docentes y bibliotecarios. Fue invitada a encuentros y congresos internacionales. Los temas que prevalecen en sus seminarios y talleres abordan el sexismo en la literatura, los cuentos de hadas y los medios de comunicación, la imagen de la mujer en los libros de lectura, el proceso creativo, el perfil del lector y la tarea de los mediadores. En todo sus trabajos se advierte la preocupación por la promoción de la lectura y el rol femenino.
En su calidad de Presidenta de la Asociación de Literatura Infantil y Juvenil de la Argentina (ALIJA), entre 1993 y 1995, dedicó sus mayores esfuerzos a recorrer el país, trabajando con maestros y bibliotecarios y procurando la difusión de la buena lectura entre niños y jóvenes. Durante su gestión se fundaron más de cuarenta biblitecas escolares.
Como narradora oral, participó en los cuatro Encuentros Internacionales de Narración Oral organizados por la Fundación El Libro; en el Primer Festival Nacional de Narración Oral y en las Primeras Jornadas de Reflexión sobre la Formación del Narrador Contemporáneo, organizados por SERCA en 1998.
Fue cofundadora y codirectora de la revista La Mancha, papeles de literatura infantil y juvenil entre 1996 y 1998. Actualmente, colabora con distintos periódicos y revistas especializadas en literatura y educación.


 
Bibliografía
Para adultos
1989

  • Un salto al vacío, en Mujeres y escritura. Buenos Aires, Editorial Puro Cuento.
1992

  • Entre las hadas y las brujas, en Feminismo, Ciencia, Cultura y Sociedad. Buenos Aires, coedición de Saga Ediciones y Editorial Humanitas.
  • Mujercitas ¿eran las de antes? El sexismo en los libros para chicos. Buenos Aires, Libros del Quirquincho. Colección Apuntes.
1994

  • Mujer de vida alegre. Matanzas (Cuba), Ediciones Vigía. Edición con ejemplares numerados, manufacturados e iluminados a mano. Diseño y dibujos de Violeta Naranjo.
  • Fantasía. Buenos Aires, ALIJA. Colección Los Cuadernos de ALIJA.
1995

  • Secretos de familia. Buenos Aires, Sudamericana.
1997

  • Mantones y Cuplés. Obra de teatro con música. Teatro Avenida de Buenos Aires, temporada 1997 y 1999.
1998

  • Mujercitas eran las de antes y otros escritos. Buenos Aires, Sudamericana. Colección La llave. Versión corregida y aumentada.
Para niños y jóvenes
Literatura
1977

  • Jacinto. Buenos Aires, Centro Editor de América Latina. Colección Los Cuentos del Chiribitil. Ilustraciones de Martha Greiner.
1987

  • Barbapedro. Buenos Aires, Libros del Quirquincho. Serie blanca. Ilustraciones de Elena Torres.
1988

  • La Señora Planchita. Buenos Aires, Libros del Quirquincho. Serie blanca. Ilustraciones de Alejandra Taubin.
  • Gatos eran los de antes. Buenos Aires, Colihue. Colección El Pajarito Remendado. Ilustraciones de Pedro Camarero.
1990

  • Historia para nenas y perritos. Buenos Aires, Libros del Quirquincho. Colección La Ratona Cuentacuentos. Ilustraciones de Alejandra Taubin.
  • Cosquillas en el ombligo. Buenos Aires, Sudamericana. Colección Pan Flauta. Ilustraciones de Nora Hilb.
  • Las dos tortugas. Buenos Aires, Sudamericana. Colección Libros del Bolsillo. Ilustraciones de Sanyú.
1991

  • Carlitos Gardel. Buenos Aires, Libros del Quirquincho. Ilustraciones de Delia Contarbio.
  • Cuentos con brujas. Buenos Aires, Libros del Quirquincho. Serie negra. Ilustraciones de Oscar Rojas.
  • Cuentos de miedo, de amor y de risa. Buenos Aires, Aique Grupo Editor. Ilustraciones de Alicia Charré, Catalina Chervin, Marcelo Elizalde, Nora Hilb y Sanyú.
1992

  • Papanuel. Buenos Aires, Sudamericana. Colección Libros del Bolsillo. Ilustraciones de Pablo Prestifilippo.
  • Doña Martina. Buenos Aires, Colihue. Colección El Tambor de Tacuarí. Ilustraciones de Pedro Camarero.
  • Las Rositas. Buenos Aires, Colihue. Colección Leer y Crear.
1993

  • El hipo y otro cuento de risa. Buenos Aires, Quipu. Serie Los verdes de Quipu. Ilustraciones de Claudia Legnazzi.
  • Cuentos con vírgenes y santos. Buenos Aires, Centro Editor de América Latina-Ediciones Culturales Argentinas. Colección Cuentos de mi país. Ilustraciones de Elena Torres.
  • Tomasito. Buenos Aires, Libros del Quirquincho. Ilustraciones de Nora Hilb.
  • Tomasito y las palabras. Buenos Aires, Libros del Quirquincho. Ilustraciones de Nora Hilb.
  • Tomasito cumple dos. Buenos Aires, Libros del Quirquincho. Ilustraciones de Nora Hilb.
1994

  • La pandilla del ángel. Buenos Aires, Aique Grupo Editor. Colección El Trébol Azul. Ilustraciones de Daniel Rabanal.
  • Huevos de Pascua. Buenos Aires, A-Z Editora. Serie del boleto. Ilustraciones de Nora Hilb.
1995

  • Historieta de amor. Buenos Aires, Sudamericana. Colección Pan Flauta. Ilustraciones de Mónica Weiss.
  • Mi amigo el Rey. Buenos Aires, Alfaguara. Ilustraciones de Luis Pollini.
1997

  • La Biblia, contada por Graciela Cabal. Buenos Aires, Colihue. Ilustraciones de Dora Cavallero.
  • Jacinto. Buenos Aires, Sudamericana. Colección Pan Flauta. Ilustraciones de Mónica Weiss.
  • Miedo. Buenos Aires, Sudamericana. Colección Los Caminadores. Ilustraciones de Nora Hilb.
  • San Francisco, el del violín. Buenos Aires, Sudamericana. Colección Cuentamérica. Ilustraciones de Pez.
  • Barbapedro y otras personas. Buenos Aires, Alfaguara. Colección Infantil. Ilustraciones de Pez.
  • Toby. Bogotá, Grupo Editorial Norma. Colección Torre de Papel. Ilustraciones de Pez.
1998

  • Tomasito. Buenos Aires, Alfaguara. Colección Infantil. Ilustraciones de Sandra Lavandeira.
  • Tomasito y las palabras. Buenos Aires, Alfaguara. Colección Infantil. Ilustraciones de Sandra Lavandeira.
  • Tomasito cumple dos. Buenos Aires, Alfaguara. Colección Infantil. Ilustraciones de Sandra Lavandeira.
  • La pandilla del ángel. Buenos Aires, Aique Grupo Editor. Colección Sopa de Libros. Ilustraciones de Daniel Rabanal.
  • Batata. Buenos Aires, Sudamericana. Colección Pan Flauta. Ilustraciones de Sandra Lavandeira.
1999

  • Cuentos con brujas. Buenos Aires, Alfaguara. Colección Infantil. Ilustraciones de Sandra Lavandeira.
  • La Señora Planchita y un cuento de hadas pero no tanto. Buenos Aires, Sudamericana. Colección Pan Flauta. Ilustraciones de Elena Torres.
  • Las hadas brillan en la oscuridad. Barcelona, Edebé. (Editado simultáneamente en castellano, catalán, euskera y gallego).
Libros de divulgación de conocimientos
1985

  • Cosas de chicos I
  • Cosas de chicos II
  • Cosas de chicos III
Buenos Aires, Kapelusz. Libros de lectura para Primero, Segundo y Tercero de EGB. En coautoría con Graciela Montes. Ilustraciones de Elena Torres y Serio Kern.
1986

  • ¿Para qué sirven las leyes?
  • ¿Por qué la Argentina es una República?
  • ¿Qué pasa dentro del Congreso?
  • La Constitución es una cosa seria
  • Para aprender a votar
  • ¿Quién manda en la ciudad?
  • El derecho a aprender
Buenos Aires, Libros del Quirquincho. Colección Entender y participar. Ilustraciones de Sergio Kern.
1987

  • Los derechos de las mujeres. Buenos Aires, Libros del Quirquincho. Colección Entender y participar. Ilustraciones de Sergio Kern.
  • Las necesidades de todos. Buenos Aires, Libros del Quirquincho. Colección Vida y Salud. Ilustraciones de Julieta Imberti.
1988

  • Amigos de los bichos y las plantas (Cómo funciona un ecosistema)
  • La vida de las plantas (Los productores de alimento)
  • La vida de los animales (Los consumidores de alimento)
  • S.O.S. Planeta en peligro (El hombre contra la Naturaleza)
Buenos Aires, Libros del Quirquincho. Colección Los Libros Verdes de la Ecología. Ilustraciones de Mónica Ugarte.
1990

  • Cuidemos la Tierra (El hombre a favor de la Naturaleza). Buenos Aires, Libros del Quirquincho. Colección Los Libros Verdes de la Ecología. Ilustraciones María Rojas.
1999

  • Los Ecoamigos se van de safari
  • Una cadena muy importante
  • La vida de las plantas

  • La vida de los animales. Los consumidores.
  • S.O.S: Planeta en peligro. El hombre contra la naturaleza.
  • Cuidemos la tierra. El hombre a favor de la naturaleza.
Buenos Aires, Alfaguara. Colección El Club de los Ecoamigos. Ilustraciones de María Eugenia Nobati y Nancy Fiorini.
Participación en antologías

  • Barbapedro , en Cuentos de ayer y de siempre. Buenos Aires, Indugraf, 1991.
  • Pobrecito el aguará, en Cuentos para compartir. Buenos Aires, Ediciones Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, 1993. Colección Desde la gente.
  • Barbapedro, en Cinco más cinco. Buenos Aires, Colihue, 1993. Colección Libros del malabarista.
  • Papanuel, en Naranjas, recuerdos y ratones. Buenos Aires, Sudamericana. Colección El Gran Bolsillo.
  • El ángel, en Te cuento tus derechos. Buenos Aires, Amnesty International Argentina, 1997.
  • Los reyes no se equivocan, en Cuento con vos (Un libro sobre tus derechos). Buenos Aires, Ministerio de Cultura y Educación, 1998.
  • Secretos de familia (capítulo), en Derechos humanos de niñas y niños. Rosario, Instituto de Género, Derecho y Desarrollo, 1998.
Libros editados en otros idiomas

  • Amigos dos bichos e das plantas
  • Uma cadeia muito importante (A cadeia alimentar)
  • A vida das plantas
  • A vida dos animais
  • S.O.S. Planeta em perigo
  • Cuidemos da Terra (O homen a favor da natureza)
São Paulo, Livros do Tatu, 1991. Colección Os Livros Verdes de Ecología.

  • Nosas necesidades. São Paulo, Livros do Tatu, 1991. Colección Vida é Saúde.


Premios, distinciones y actividades relacionadas con la profesión

  • Segundo Premio Novela Juvenil 1990, organizado por Ediciones Colihue, por Las Rositas.
  • Faja de ALIJA, en la categoría "Mejores libros publicados 1991" (premio al libro en su totalidad: texto, ilustración y edición), por Carlitos Gardel.
  • Miembro del Jurado para el Premio Pregonero 1992.
  • Presidenta de Asociación de Literatura Infantil y Juvenil de la Argentina (ALIJA), sección nacional de IBBY (International Board on Books for Young People), durante el período 1993-1995.
  • Jurado del Premio Casa de las Américas en el rubro "Literatura Infantil y Juvenil". La Habana, 1994.
  • Premio Lista de Honor de ALIJA, en categoría "Texto" (1995), por Tomasito.
  • Premio Cuadro de Honor de la Literatura Infantil. Municipalidad de San Miguel de Tucumán (1994), por La pandilla del ángel.
  • Premio Cuadro de Honor de la Literatura Infantil. Municipalidad de San Miguel de Tucumán (1995), por Historieta de amor.
  • Jurado de la SADE (Sociedad Argentina de Escritores), en Literatura Infantil y Juvenil. Buenos Aires, 1995.
  • Jurado del Concurso de Cuentos sobre los Derechos del Niño organizado por Amnesty International Argentina. Buenos Aires, 1995.
  • Jurado del Primer Concurso de Literatura Infantil y Juvenil "Cuentos para soñar trotamundos. Homenaje a Javier Villafañe", organizado por H.I.J.O.S., a veinte años del golpe militar del 76. Buenos Aires, 1996.
  • Finalista con la novela Toby del Premio Latinoamericano de Literatura Infantil y Juvenil Norma-Fundalectura 1997.
  • Premio Cuadro de Honor de la Literatura Infantil. Municipalidad de San Miguel de Tucumán (1997), por Barbapedro y otras personas.
  • Nominación de Fundalectura (Colombia) del libro Toby para el certamen del IBBY sobre "Libros sobresalientes sobre niños con discapacidades 1998" (Presentación en la Feria de Bologna y participación en exposición itinerante).
  • Miembro del Comité de Selección de videos de los trabajos que participaron en el Cuarto Encuentro Internacional de Narración Oral 1999. Buenos Aires, 25ª. Feria Internacional del Libro.
  • Premio "Destacados de Alija 1999", rubro "Texto", por Toby.
  • Premio Especial "Ricardo Rojas", por la novela Secretos de familia. Buenos Aires, Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, 1999.


miércoles, 22 de julio de 2020

"La noche boca arriba"

"La noche boca arriba"

Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos;
 le llamaban la guerra florida.

A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.
Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pie y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.
Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en la piernas. “Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado…”; Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.
La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. “Natural”, dijo él. “Como que me la ligué encima…” Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento.
Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás.

Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.
Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego.
“Huele a guerra”, pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor a guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante.
-Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque tanto, amigazo.

Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse.
Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trocito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.
Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. “La calzada”, pensó. “Me salí de la calzada.” Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como un escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada más allá de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en la cantidad de prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.
Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces y los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás.

-Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.

Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin acoso, sin… Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.
Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el suelo, en un piso de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.
Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como el bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara ante él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida.
Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada… Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil en la cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.

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Autor: Julio Cortázar

Cuento: "Pata de dinosaurio" Autora Liliana Cinetto

EN EL NIDO DE MAMÁ PATA APARECIÓ UN HUEVO GRANDOTE, RARO, DE COLOR GRIS… —SEGURO ES UN HUEVO DE CISNE —DIJO MAMÁ PATA, QUE CONOCÍA DE ME...